viernes, 30 de octubre de 2009

Poner el cuerpo


En la novela Los siete locos, el Rufián Melancólico explica a Erdosain la importancia de su oficio: “El cafishio le da a una mujer tranquilidad para ejercer su vida. Si cae presa, él la saca; si está enferma, él la lleva a un sanatorio y la hace cuidar y le evita líos (…). Vea, mujer que en el ambiente trabaja por su cuenta termina siempre siendo víctima de un asalto, una estafa o un atropello bárbaro”. Claro que las cosas no son sólo como Haffner cuenta en la genial obra de Roberto Arlt. Muchas veces, los “fiolos” son los verdaderos peligros, ya sea por explotación, agresiones físicas, engaño, abuso de autoridad o cualquier tipo de coerción. Quizás por eso la mayoría de las chicas que se prostituyen, no eligen este tipo de protección: “Prefiero manejarme sola. No me gusta compartir el laburo con nadie.”, dice Amanda. Pero esa independencia laboral en el oficio callejero también puede resultar cara. Hoy, los riesgos que corren las trabajadoras sexuales se multiplican. Además de las viejas y conocidas enfermedades venéreas, se suma la creciente violencia, la inseguridad, el maltrato psicológico, el SIDA, las drogas, y otras tantas cuestiones que no siempre acompañaron al antiquísimo oficio.
Para Dianna Maffía, diputada de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por la Coalición Cívica: “hay muchos riesgos con la cuestión de la explotación y es difícil que una persona en prostitución pueda sustraerse de eso. Porque la explotación toma forma de protección. Quien sea que quiera salirse de ese dominio, su propio proxeneta va a ser el que le imponga ese control y le aplique esa violencia”
Para el travesti, la prostitución parece ser casi el único modo de supervivencia, no hay alternativas vocacionales que la sociedad no rechace: “Cuando sos traviesa tenés dos caminos: ser peluquera o ser prostituta. Y yo quiero ser bailarina”, dice Julieta con ironía. En su celular, guarda fotos de un cliente que murió de sobredosis en un hotel mientras estaba con ella: “Me negué a consumir, el tipo estaba hecho mierda. Salí corriendo con mis tacos y jamás me presenté a declarar. Salió en los diarios y todo…”
A Romina, travesti de Avellaneda, las cosas se le complicaron demasiado. Primero cumplió su deseo de salir de la villa: se mudó junto a su madre a una pensión en La Boca. Pero al poco tiempo contrajo HIV y tuvo que dejar de trabajar. Ahora fue desalojada de la vivienda por falta de pago: “En este momento no puedo hablar, estoy muy mal. Quedé en la calle”, dijo desconsolada.
Cynthia Pok está a cargo de la Dirección de Encuesta Permanente de Hogares en el INDEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censo) y asegura que no hay datos oficiales sobre la cantidad de mujeres y travestis dedicadas a la prostitución, por falta de presupuesto.
Por su parte, Dianna Maffía opina que: “Considerando que la prostitución no es una violación de la ley, no es un delito. Las trabajadoras del sexo no viven en la clandestinidad porque delinquen, sino porque, para la sociedad, es denigrante lo que hacen”.
Amanda luce nerviosa, y pellizcándose las manos constantemente, cuenta su historia: “Llegás a tu casa, te bañás y te ponés a llorar. Te querés matar. A veces pienso que me gustaría ser una persona normal”. Para trabajar, esta salteña de 27 años, evita la exposición en la calle, y desde un ciber, espera el llamado de alguno de sus clientes: “Tengo amigos con los que laburo siempre. Algunos me hacen regalos y no me hacen sentir tan mal”.
Susana, en cambio, trabaja en el barrio de Constitución desde los 15 años, tiene casi 40. Con pulso tembloroso prende un cigarrillo tras otro y dice: “Mis fiolitos son mis hijos, la plata que hago, es toda para ellos”. Asegura que su lugar de trabajo es zona liberada, que la policía no las protege y que muchas veces les dicen: “o te llevo o me hacés el servicio”.
No todas las trabajadoras del sexo, (como prefieren que se las llame) han elegido esta profesión como medio de subsistencia. En nuestro país muchas personas, incluso menores, son privadas de su libertad para trabajar en redes ilegales de prostitución. El hecho de que se trate del oficio más antiguo, hace aún más insostenible que no existan leyes ni organizaciones gubernamentales que amparen a las trabajadoras del sexo o traten de impedir la esclavitud sexual.


Cora martínez y Emmanuel gentile

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